Si tan solo…

portada david Pierre


I. La ciudad cementerio

Mika observa a Queen con expresión contrariada. ¿Así es como se ve el fin del mundo? Lo puede ver en sus ojos y en el páramo que tienen justo delante de sus hocicos: no hay esperanza.

Igual que no la hubo para la raza humana.

Mika camina lenta, paso a paso, y alza la vista con soberbia. Siempre prefirió una mirada altiva, fingir que nada le importaba y que no necesitaba el cariño de nadie. Queen, en cambio, mira al suelo; no se ha separado de su compañera desde que sucedió. Los recuerdos invaden sus sueños y se transforman en pesadillas, pero no son peores que lo que vivieron en su día.

Los humanos que las acompañaban en vida murieron en la catástrofe. Y, ahora, ellas dos vagan por un yermo desolado. A Mika parece que incluso le gusta la situación porque mueve la cola (o lo que le queda de cola) disimuladamente.

Las tripas de las dos rugen todo el tiempo, y lo hacen de manera violenta, como si dieran un concierto de punk improvisado. De repente, Queen divisa comida a lo lejos: una lata de atún abierta a la que le queda la mitad de su contenido original. Alza la vista y corre —la comida siempre fue su perdición—, pero su compañera también se da cuenta y la sigue, distrayéndose en el camino con la cola de la primera, que se menea por primera vez en mucho tiempo. Mika siempre fue más grande y más fuerte, también más veloz, así que llega antes que Queen a la lata y empieza a comer. Queen se da cuenta de que ha perdido y decide darse la vuelta y seguir buscando, pero entonces Mika ladra con fuerza. Queen la ignora. Mika ladra de nuevo, corre hacia ella y la agarra de una oreja con los dientes para obligarla a que se gire. Luego le acerca con el hocico la lata de atún: solo se ha comido la mitad y le ofrece el resto. Queen engulle la comida con ansia.

Las perras siguen su camino. Han saciado su hambre, al menos de momento. Llevan días comiendo cualquier sobra que se encuentran, así que la lata de atún ha sido un manjar. Andan durante horas hasta que llegan a un lugar distinto. La catástrofe dejó en las ciudades una especie de cementerio de hormigón y metal: coches, edificios, semáforos, señales de tráfico… Todo conforma una mezcla desoladora, consecuencia de la ambición sin límites de la raza humana.

Si tan solo hubiesen disfrutado de los prados verdes cuando aún los había… Pero no. Nunca tuvieron bastante. No hasta que murieron todos.

Mika y Queen avanzan con cuidado por la ciudad cementerio. Han estado otra vez allí y encontraron algo de comida, pero también a ellos. Y no quieren volver a verlos otra vez. Están convencidas de que ellos acabaron con la raza humana y con el mundo y con los paseos y las chucherías.

La vida era mucho más fácil antes. Mika a veces sueña que su compañero humano le echa bronca por afilarse las uñas en el sofá o por meterse en una caja y pegarse una siesta de siete horas.

—¡¿Dónde te habías metido?! —le preguntaba con cara de preocupación antes de descubrir su escondite.

Los echa tanto de menos… Tanto a él como al humano número dos.

Mika y Queen siguen avanzando. Esperan que valga la pena visitar ese lugar, encontrar algo de comida y cruzar la ciudad de una vez. Yermo, ciudad-cementerio… Debe haber algo más allá. Otro yermo, uno nuevo. O un par de latas de atún.

No es posible que hayan acabado con todo.

No es posible.

Mika va delante. Siempre lo hace. Es altiva y orgullosa, puede que demasiado. Pero también es protectora. Y gusta de hacer ofrendas a los suyos. Como cuando cazaba lagartijas en el patio de casa y se las dejaba a los humanos en la puerta. Luego se las llevaban hacia el interior y seguro que hacían un buen guiso con ellas.

Mika divisa una sombra frente a ellas. Están aquí. Han llegado. Y eso que esta vez no les ha dado tiempo a encontrar nada de comida.

Toca correr.

Su instinto hace que Mika dé un salto enorme con el que alerta a Queen, que se ha dado cuenta del peligro más tarde y la sigue a duras penas.

Tras ellas, la criatura. Uno de los causantes del desastre. Mide dos metros cuando se pone a dos patas y es negro y está lleno de pinchos. Rezuma un líquido también negro y humo, y a veces su cuerpo prende en llamas. No tiene ojos ni orejas, solo una boca que se abre y deja entrever tantos dientes como tendrían diez Queens o diez Mikas. Huele mal, pero no mal-bien, como el pescado o la basura.

Huele a muerte.

La criatura de los pinchos las detecta rápidamente y las sigue. Ambas activan sus instintos más primarios —de cuando, sus antepasados, los lobos, eran criaturas majestuosas y no experimentos— y corren como alma que lleva el diablo.

Llegan hasta un edificio abandonado y se escabullen hacia adentro antes de que la criatura les dé alcance. Parece que, por el momento, la han despistado. Igual tienen suerte y allí encuentran algo de comida.

Se han colado en un antiguo centro comercial. De esos a los que nunca las llevaban sus compañeros humanos, que siempre decían que no entendían cómo la gente podía torturar a sus perros paseándolos entre tanto barullo.

No hay cadáveres humanos ni de ninguna otra raza allí dentro. Las criaturas negras se encargan de limpiarlo todo muy bien. Lo que sí que hay son productos o restos de estos.
Restos de lo que la civilización erigió, sin límites, hasta que se derrumbó. Pañales, juguetes, envases de plástico vacíos. Plástico, plástico, plástico y más plástico. Un imperio hecho de plástico que terminó fundido.

Pero Mika y Queen solo buscan algo de comida, así que deciden centrarse. Más allá de la juguetería y la tienda para bebés hay una frutería. Cuando llegan hasta allí, Mika pega un salto de nuevo; el susto que se lleva esta vez es algo visceral, algo que le corroe las entrañas y, a la vez, algo que no es capaz de entender.

Un pepino le corta el paso.

Queen no comprende lo que sucede, así que sigue su paso y entra en la frutería.

Descubre unos jugosos melocotones que, por cierto, están algo maduros, pero que huelen de maravilla. Empieza a comer mientras Mika sigue paralizada de miedo. Su sabor le encanta pese a ser carnívora.

Cuando Queen casi dobla su propio tamaño a causa del atracón, se da cuenta de que su compañera está en apuros, así que se acerca hacia ella y coge con los dientes el pepino para retirarlo de allí. Mika pasa unos minutos más paralizada por el miedo y, cuando se recompone, se mete en la frutería y arrasa con las fresas, que más que fresas parecen mermelada.

Antes de salir, Mika afila sus uñas en un antiguo cartel de madera de la tienda en el que informaban a sus clientes del horario y de las últimas ofertas.

En el exterior, la ciudad parece más un cementerio que nunca. Un silencio sepulcral lo llena todo y roza el aire y lo parte en dos. A lo lejos, un límite que parece imposible de alcanzar. Mika alza las orejas. Se esfuerza por agudizar sus sentidos y se percata de que sí, tal y como ese silencio parece indicar, están solas. Han sobrevivido en muy poco rato al hambre, al monstruo de los dientes y a un pepino. Así que se sienten invencibles.

Mika empieza a correr, a trotar, y Queen la sigue, quedándose algo atrás. Avanzan durante un buen rato hasta que llegan, al fin, a los límites de la ciudad. Al otro lado hay una cúpula, una especie de barrera que las separa de un exterior verde y bañado por el sol. No como allí, que las nubes lo cubren todo con su ira gris.

Así que sí que quedaban prados, después de todo.

Es el fin. Han cruzado la ciudad, pero no hay salida. Por mucho que a Mika le llamen la atención las luces brillantes, no se atreve a tocar esa barrera.

Entonces lo oyen. Los oyen, más bien. Son ellos, que las han detectado. Han llegado demasiado lejos y van a destruirlas.

Un grupo de cinco monstruos con pinchos las rodea. Uno de ellos se pone a dos patas, mueve sus manos hacia abajo con fuerza y su cuerpo prende en llamas.

Mika se adelanta y se pone frente a Queen, que está temblando de miedo. Entonces la empuja hacia atrás con el morro y señala una montaña de coches tras la que se podría esconder. Pero la pequeña no reacciona. El monstruo de fuego ruge y el grupo se acerca poco a poco. Sus cuerpos exhalan humo y terror, y el hedor a muerte lo envuelve todo.
Mika se lanza entonces a por uno de ellos con sus garras afiladas, le arranca una mano, la agarra con la boca y la lanza lejos. Las bestias rugen y corren a por la mano como si les fuera la vida en ello. Mika, que ha logrado crear una distracción, se gira para ver si su compañera está bien. Queen, que se había ido retirando poco a poco a causa del miedo, ha traspasado la barrera sin querer (y sin consecuencias) y, cuando se da cuenta, intenta entrar de nuevo en la ciudad cementerio, pero no puede. La barrera se ha solidificado ante ella.

Mika no se lo piensa un instante y se lanza hacia ella con un salto con el que ganaría cualquier agility, pero el que parece el líder de los monstruos, el del cuerpo de fuego, salta también y agarra una de las patas traseras de la perra, que ya roza ese lugar que tanto han ansiado. Ambos caen al suelo, y Mika consigue liberarse de su captor con un movimiento tan flexible que casi parece agua. Pero la pata que el monstruo había agarrado le arde y le cuesta andar. La bestia ruge de nuevo y se pone en pie. La sigue, corriendo. Mika está a dos centímetros de alcanzar la barrera.

Queen da vueltas sobre sí misma, estresada, y no sabe qué hacer. No quiere mirar.
El monstruo coge impulso para saltar sobre su presa, pero Mika capta sus intenciones por el rabillo del ojo, así que frena, cambia de dirección y hace que su enemigo se estampe contra la barrera. Lo que ha imaginado la perra parece ser cierto: el monstruo acaba disolviéndose entre gritos espantosos al impactar.

Pero todavía quedan cuatro criaturas más a sus espaldas.

Mika, con la pata herida, da un salto y, al fin, sale al exterior.

Los monstruos se ponen en pie y alzan sus brazos. Gritan, golpean el suelo, rugen y acaban cansándose y regresando a los rincones más oscuros de la ciudad cementerio.
Mika y Queen saltan de alegría, se lamen y juegan. La hierba mojada a sus espaldas les sirve de revitalizante y también de aperitivo.

Hacía mucho que no se sentían así.

Parece que se equivocaban: hay esperanza.


II. El exterior

Pasan días en el exterior, que es su nuevo hogar. Duermen a la sombra de los árboles o al sol, según les apetezca. Se acurrucan juntas y ven pasar las nubes. Mika se lame a sí misma y lame a Queen, a quien no le gusta nada esa costumbre.

Llegan a un bosque. Pese a encontrarse tan a gusto, avanzan con cautela. Allí no escasea la comida: hay árboles frutales por todas partes y pequeñas presas que pueden cazar sin esfuerzo. Ambas han cogido algo de peso; ya no se les notan las costillas. Sienten que allí podrán vivir sin miedo aunque el recuerdo de sus compañeros humanos siga vigente para el resto de sus días.

«Podréis olvidarlos», dice de repente una voz que ambas oyen en su interior.

Llevaban semanas sin oír más que rugidos, ladridos y fuego arder.

Se miran confusas.

«He sido yo». Una especie de ciervo azul emerge de entre los árboles.

«Soy un corzo», aclara. «Soy uno de los encargados de lo que vosotras llamáis el exterior. La relación que mantenían los humanos con su propio mundo era insostenible», confiesa.

Mika no se fía. Han huido y combatido a bestias horribles dentro de la ciudad cementerio, pero ninguna de esas criaturas le dio tan malas sensaciones como el corzo azul. Queen, en cambio, mueve la cola y se acerca a él. Parece que quiere jugar, así que el herbívoro se acerca a ella y la roza con su pequeña cornamenta. Ambos dan saltitos y chocan sus morros.

Queen parece contenta de ver a un ser vivo que no sea Mika o uno de los monstruos negros.

«Aquí estaréis a salvo».

El corzo azul las guía hasta un lugar cercano. Se trata de un valle rodeado por cascadas en el que un grupo de cánidos duerme a la luz del sol. Allí hay tres lobos grises, una hiena, tres zorros y un fénec del desierto, pero ningún perro.

«Van llegando poco a poco. Ojalá pudiéramos entrar en las cúpulas, pero no se puede entrar, solo salir. Vosotras sois las primeras de vuestra especie, aunque genéticamente los lobos son iguales».

El corzo se despide con un movimiento de cabeza y se marcha por donde ha venido. Mika y Queen son recibidas por sus nuevos compañeros, que parecen atontados por el sol y la buena vida.

Esta vez Queen no muestra su alegría, quizás porque el gesto adormilado de todas aquellas bestias no incentiva una actitud similar.

Pero algo no encaja en todo aquello. Y Mika está dispuesta a averiguarlo.

Sus compañeros cánidos duermen al raso, formando entre todos una acumulación de bolas de pelo de lo más peculiar. Mika y Queen duermen a parte; el calor de sus cuerpos les basta para no pasar frío.

Desayunan con sus nuevos compañeros que, pese a haber descansado nueve o diez horas, siguen con esa actitud tranquila. Demasiado tranquila.

Mika descubre a Queen jugando con el fénec —que no es capaz de aguantar el ritmo de la perra— un rato más tarde y se pregunta cómo una criatura como esa ha podido adaptarse a este clima. Queen parece feliz, así que su compañera la deja con la manada y abandona el valle.

Camina durante horas, pero no logra ubicarse. Como si el bosque anterior al valle hubiese desaparecido, como si la cúpula donde duermen los monstruos de lodo no hubiese existido jamás. Sigue así durante unos cuantos días, y ahora el yermo es otro, pero es yermo igualmente. Se siente sola y se arrepiente de haber dejado a su compañera atrás, así que trata de volver.

De golpe, no recuerda qué estaba buscando. Llega a un huerto que la naturaleza parece haber ubicado donde antes había un huerto humano. Un resto de humanidad, al fin… Y entonces se acuerda. Sus compañeros humanos, la ciudad cementerio, el corzo azul…

«Tranquila, yo te guiaré de vuelta a tu nuevo hogar». La perra reconoce esa voz. Es el corzo azul.

Sale de entre los pequeños árboles frutales y se dirige hacia ella. A Mika se le eriza la piel del lomo y se pone en guardia.

«¿Qué ocurre, pequeña?», pregunta, calmado, el corzo.

Mika sigue en posición de alerta.

«Eres más inteligente que el resto, pero tranquila. No tardarán en despertar».

Tras eso, el herbívoro se marcha de nuevo y desaparece entre una bruma que se ha formado de repente alrededor de aquel campillo. Mika lo sigue a toda prisa y se da cuenta de que la espera. Lo sigue mientras la niebla lo envuelve todo poco a poco y hasta que ya no es capaz de discernir nada a su alrededor.

De repente, pierde el sentido sobre sí misma y se desmaya.

Sueña con sus dos compañeros humanos y, por primera vez, con Queen.


III. La cueva

Mika despierta en el interior de una cueva. En el techo, pintadas que parecen narrar el origen de la civilización y su caída. Hasta poco antes de la actualidad, hasta el momento en el que Mika y Queen vivían con los dos humanos y paseaban y jugaban y la primera recibía broncas por subirse a la mesa y echarse ahí la siesta lo comprende todo. Pero los siguientes dibujos que descubre son más extraños: una esfera verde y azul en la que hay pequeños puntos rojos marcados. Un humano y, justo al lado, un monstruo de lodo.

¿Qué diablos es todo aquello?

«Al fin despiertas», dice el corzo azul, que la encuentra tumbada, boca arriba, y admirando las ilustraciones.

«Mi mundo estaba en peligro», dice. «Y los animales siempre hemos sido lo último para otras razas. Para los humanos de tu mundo, por ejemplo, que se creen distintos, pero también son animales. Animales que lo destruyen todo».

¿Su mundo? ¿Acaso había más lugares a parte de todo aquello?

«Los humanos os condenaron a vivir una vida apática. La Tierra se moría. Y yo fui enviado para cambiar las cosas, para hacerlos desaparecer… y que el mundo renaciera».
Mika se pone en pie de un salto y se encara al corzo. Ladra, gruñe e intenta alcanzarlo con sus garras afiladas sin éxito.

«Sé que amabas a los humanos. Pero su absoluta falta de respeto por la naturaleza no podía quedar sin contestación. Ahora eres libre, Mika, como también lo son todas las criaturas del mundo excepto los humanos que quedan».

Mika entiende entonces lo de la ciudad cementerio, lo de la barrera y lo de los monstruos de fuego y no puede evitar llorar desconsoladamente.

Sus agudos chillidos resuenan en el eco de la cueva antes de que salga corriendo.

«Ahora eres libre».

No sabe cómo, pero logra regresar al valle. Cuando se reencuentra con Queen, esta salta alegre y ladra y mira hacia arriba y abajo con ilusión. Parece que la cola se le va a desprender.

Entonces Mika lo entiende. El mundo ha cambiado. Y hay más mundos. Pero el mundo que a ella le importa está frente a sus ojos. Así que, con una mirada y un lametón en el morro, Mika le dice adiós a Queen y abandona el valle para no regresar.

Pero la pequeña, esta vez, no duda. La sigue, incansable y, sin volver la vista atrás, le muerde una pata para que la espere. Ambas gruñen, saltan, juegan y arrancan la hierba a su alrededor. La manada ni se percata de su marcha. Miran hacia adelante, hacia el lugar por el que se pone el sol. El mundo es enorme, inabarcable y está lleno de vida. Es un mundo nuevo que, de otro modo, no habrían podido disfrutar.

Y las dos se marchan trotando y alegres porque se tienen la una a la otra.

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