Café Librería

Juan Carlos Teso: Vaivén

Sin título

Ilustración de Gemma Martínez


El columpio del pino.
La gata que mira desde una rama.
La alegría del trino
de un gorrión. Las flores de la retama.

El olor a resina, tan intenso.
El vaivén de tu risa
mientras te balanceas.
Cada vez que lo pienso,
al cuerpo no me llega la camisa.
Carcajadas al ritmo de corcheas
cuando, con mi temor, tú te recreas.

Tardes de primavera.
Noches frías, mañanas de pereza.
Toda una vida entera
custodiando recuerdos mi cabeza.
La iglesia, tan oscura,
tan terrible, tan fruta prohibida.
La misión, la aventura
de buscar los jirones de otra vida.

El hallazgo fortuito de un rosario
y tu inspirada historia
sobre su propietaria:
—«Ascendió al campanario
y saltó desde allí rezando un «Gloria
Patri» a voces, y hay una luminaria
que desde entonces flota, solitaria,

por sobre la bancada
cada noche en busca de aquel rosario,
aunque está condenada
a no encontrarlo. Ese es su calvario.
—Las almas —me decías—,
a veces se columpian desde el cielo.
¡Es cierto, no te rías!
Y, si te fijas, puedes ver su vuelo.

—Y, ¿por qué iban a hacerlo? —, te pregunto.
Y me miras muy seria,
y me frunces el ceño
y dices: —Este asunto
no es algo para bromas, que es materia
que le ha robado a más de uno el sueño
a causa de un fantasma pedigüeño.

Te pregunto: —Y, ¿qué buscan?
¿Qué quieren, si están libres de ataduras?
¿Por qué causa se ofuscan?
¿Por qué se aferran a sus desventuras?
Y, al cabo de los años,
cuando solo me queda la memoria
con su carga de engaños
y su dura mirada acusatoria,

sigo sin encontrar una respuesta.
Y vuelvo a nuestra iglesia.
Y me siento callada.
Y me quedo traspuesta,
y el canto de los grillos me anestesia.
Y mi torpe cabeza adormilada
me jura que a mi lado estás sentada.

La mirada, perdida,
Las facciones hieráticas, severas.
Jamás diría que, en vida,
no había modo de que no rieras.
Presencia intermitente,
espíritu fugaz, duende inseguro,
imagen transparente,
luciérnaga que viene y va en lo oscuro.

Como una moderna Venus de Milo,
apenas solo un busto
que asoma entre dos mundos,
sin hablar dices: —Dilo.
Y contesto: —No me parece justo
que los años me azoten, furibundos,
y a ti te hagan caricias los segundos.

—Ya sabes que no es eso
—me contestas— lo que quieres decirme.
Te digo: —Dame un beso.
solo te pido eso antes de irme.
—¿Tienes prisa por irte?
—¿Tras de ti? Mucha, pero tengo más miedo,
no pretendo mentirte.
—Y, ¿qué harías, si tu deseo concedo?

—Una dalia amarilla te daría,
rubia como tu pelo,
para que me perdones.
—Te la rechazaría.
—¿No encontraré perdón, ni aun en el cielo?
¿No habrá paz para nuestros corazones?
—Entre nosotras nunca hubo traiciones.

—Y, entonces, ¿por qué has vuelto,
si no es para aplicarme mi castigo?
—Porque tú no has resuelto
tu duda. Y porque quiero estar contigo.
Mi duda. Mi pregunta
sin respuesta. La cuestión que me aterra.
El dedo que me apunta,
acusador. La jaula que me encierra.

La causa de tu sangre derramada
a los pies de la torre,
y tú rota en el suelo,
toda desmadejada.
No consigo que la memoria borre
el momento en que te hice alzar el vuelo.
—El por qué de mi vuelta te desvelo:

El columpio del pino.
La gata que mira desde una rama.
La alegría del trino
de un gorrión. Las flores de la retama.

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