Una órbita cerrada y compartida: hijas de la nueva generación

Sinopsis:  Lovelace era la inteligencia artificial de la Peregrina, una nave tuneladora. Poseedora de una personalidad propia y emociones muy humanas, tras un traumático reinicio y borrado de memoria, Lovelace despertará en un cuerpo sintético ilegal. Nunca se ha sentido tan sola.

Pero Lovelace no está sola. Pepper, una de las ingenieras que arriesgó su vida para reinstalar a Lovelace, se ha comprometido a ayudarle a encontrar su lugar en el mundo.

Porque Pepper sabe algunas cosas acerca de empezar de cero.

Pepper nació como Jane 23, una esclava creada por una sociedad de ingenieros genéticos. Con diez años aún no había visto el cielo. Pero cuando un accidente industrial le proporcionó a Jane la oportunidad de huir, no se lo pensó dos veces.

Juntas, Pepper y Lovelace descubrirán que, aunque el universo sea un lugar inabarcable, dos personas pueden ser suficientes para llenarlo.


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Esta es mi interpretación personal de Una órbita cerrada y compartida, de Becky Chambers, que Insólita Editorial acaba de publicar. La reseña formal la tenéis aquí. Es posible que mi reflexión se vaya hacia momentos avanzados de la novela, así que: alerta de spoilers.


Una de las cosas que más me fascinó de Becky Chambers fue saber que en sus referentes está Star Trek: la nueva generación. Coincido con ella en eso: mi mente CF creció con al Enterprise al mando de Picard. Sé que no es del todo así, pero imagino que, en cierto modo, su serie Wayfarers es su homenaje a la saga espacial. Esos viajes imposibles por la galaxia, esas tripulaciones al compás de un capitán, esa unión multi-especie, descubrir otras sociedades… Eso era “el largo viaje a un pequeño planeta iracundo”. La Peregrina era una Enterprise menos “importante”, eran simples tuneladores, meros obreros. Chambers supo sacar el foco de la “gran historia” para contarnos una “pequeña historia”, colateral a esos grandes hechos de fondo. Pero en Una órbita cerrada y compartida, la autora va más allá, nos cuenta una (dos, o tres, según veas) historia intrascendente de personas intrascendentes. Y en esas pequeñas historias de un universo inabarcable está la grandeza de Chambers. Pero este artículo no es para hablar de eso. Sino de ellas.

Repito la alerta de spoilers; en la siguiente frase destripo el final de El largo viaje a un pequeño planeta iracundo.


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Pei (personaje de la saga de la Peregrina), de Jenny Hawkyard


Acabamos El largo viaje con la muerte de Lovey, la IA de la Peregrina. Los protas se ven obligados a volver a cargar la configuración original de la inteligencia artificial de la nave con el riesgo de que olvide sus aprendizajes; quién es, su personalidad, su todo. Y, efectivamente, la cosa va mal y la nueva configuración arrasa con lo que había sido Lovey y nos deja con la Lovelace original, flipando porque en la nave nadie la quiere. Una órbita cerrada y compartida arranca con esa Lovelace introducida en un cuerpo sintético, el kit, acompañada de Pepper, la experta en reparaciones que ha ayudado a la Peregrina a arreglar los desperfectos recibidos en su último trabajo. Bueno, que esto no iba a ser una reseña, y menos un resumen. Que nos encontramos con una IA, preparada para ser los ojos de toda una nave, metida, casi sin querer, en un cuerpo de aspecto humano, teniendo que pasar como humana sin que nadie la pille.

Y yo he venido a hablar de IAs. Así que hablemos de inteligencias artificiales. Pero como ni soy ingeniero ni experto, ni pretendo serlo ni substituir a nadie, haré un breve viaje personal y hablaré de cómo los escritores nos enfrentamos a ellas.

He asistido a más de un debate (reflexión compartida y argumentada, no la típica guerra tuitera, por suerte) sobre cómo pensaría y actuaría un IA sapiente (me quedo con el término de Chambers). Simplificando el debate, esa forma de pensar podría ir desde una asimilación al pensamiento humano (porque las hemos programado personas) a una forma de computar y comportarse completamente diferente a la humana (porque sus procesos cognitivos y de aprendizaje son distintos). Y aquí está el debate: con sus extremos y sus puntos intermedios.

Lo que sí ha sido un clásico de la ciencia ficción plantear a las IAs como enemigas, solo diré “HAL”: con extraños comportamientos que necesitaban más de la psiquiatría que la ingeniería. Hemos sufrido de muchas IAs con ganas de acabar con la humanidad o con ganas de dominarnos y tutelarnos por nuestro bien: podríamos hacer una lista larga, de los robots bien o malintencionados de Asimov, de Matrix y Terminator, de… de lo que queráis. Hemos tendido a que las inteligencias artificiales sean “la otra” y poco “una de las nuestras”. Y en ese terreno, el de la primera persona del plural, es donde trabaja Chambers.

Hablaba de “hijas de la nueva generación” porqué el referente de Lovelace/Sidra se me hace inmediato: Data, oficial científico de la Enterprise de Picard. Esa IA antropomorfa con ganas de ser un sapiente más. Una IA que fue un sapiente más, con sus cosas, pero una tripulante más de la Enterpise. ¿Y quién no tiene “sus cosas”? Esa esencia de la humanidad en las inteligencias artificiales es el punto de partida de la nueva serie ambientada en Star Trek y que podemos ver en Amazon Prime Video: Picard. Para los que no fuisteis de la nueva generación, para lo que os quiero hablar, la referencia de Picard también me vale. Data, la IA de Star Trek, era un oficial más en una nave de la Flota Estelar, con otros tantos sapientes oficiales de muchas especies alienígenas. Becky Chambers nos propone el mismo viaje, poner una IA a vivir entre sapientes, en las calles de cualquier ciudad (planeta) comercial. Y lo lleva más allá.

El viaje (porque esa “órbita” del título es un viaje) es de crecimiento, desde el nacimiento, a la infancia, a la adolescencia y a la vida adulta de esa IA. Y todo en un breve periodo de tiempo: Lovelace despierta siendo una IA madura, pero su traspaso a un cuerpo antropomorfo la hace tener que aprender cómo funciona el mundo, igual que un bebé: aprender a controlar su cuerpo, a identificar su entorno, a relacionarse. Incluso debe aprender a mentir para poder subsistir (la metáfora del funcionamiento de las sociedades es maravillosa). También debe rebelarse contra su entorno para encontrar su identidad: el debate del amor a unos padres (o amigos que te han acogido) frente la necesidad de evitar la sobreprotección de quien te quiere y tutela. Y como esa identidad toma forma, afrontando el “quien quiero ser” y acabando siendo quien quieres ser.

Chambers aborda las IA desde el paralelismo con la humanidad, y a mí me gusta y comparto su decisión. También cómo afronta la diferencia: cómo Sidra (el nombre que toma la IA) lucha entre su esencia de inteligencia que debía observar una nave, frente a las limitaciones y posibilidades de un kit autónomo (un cuerpo humano). Al principio sonríes, como cuando un bebé da sus primeros pasos tintineantes, luego sientes otras muchas cosas, cuando entiendes que Sidra debe enfrentarse al mundo. Aquí, lo siento, mi yo padre gana, y sufrí hasta que encontró su lugar en el mundo.

Pero Sidra no es la única IA de la novela. Tenemos otra nave con su IA: Lechuza. Y aquí tenemos la segunda trama de la novela: la de la pequeña Jane, que debe aprender a sobrevivir gracias a Lechuza. La historia de Jane es un espejo de la evolución y crecimiento de Sidra: infancia, adolescencia, juventud… Son esos mismos procesos, esa misma relación con la figura maternal… El juego es interesante porque Sidra se enfrenta a Pepper, mientras que Jane (que es Pepper de pequeña) lo hace con Lechuza. Vamos cerrando la órbita.


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Sidra, fanart (autor/a no identificado/a)


Así Jane/Pepper se presenta como el núcleo de la narración, esa niña que vive gracias a su made IA y que afronta una cierta relación materno-filial con Sidra. Alguien dirá que el final es muy feliz, y que el reencuentro familiar es excesivo (y ese abrazo, ESE ABRAZO), pero a mí no me lo parece. La novela es bastante dura: los orígenes de Jane son escalofriantes, más pensando que es una realidad que persiste, más pensando que la metáfora con nuestro mundo nos debería dar vergüenza. Chambers no necesita verbalizar la pregunta, pero ¿qué ocurre con las Janes, las niñas que superan los doce años?

También pensemos en la necesidad de Sidra de ocultar su identidad. Podemos ir a muchas realidades de nuestro mundo: Sidra podría ser una sinpapeles en nuestras calles, Sidra podría ser una lesbiana en un país donde la condena es la lapidación.

Becky Chambers tiene la capacidad de abordar temas de gran calado desde la aparente superficialidad de una space opera. La novela tiene acción, pero hay mucha reflexión debajo. En este artículo podría  haber ahondado en muchos otros temas, pero ya me estoy pasando de largo: sobre Azul, sobre la identidad de Taz, sobre los propósitos de las IA… Acabaré diciendo que mi amor y respeto literario hacia Chambers ha crecido y que tengo ganas de ver como acaba Wayfarers (guiño, guiño y codazo a Insólita), aunque tendré paciencia.

Leed a Chambers.

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