Café Librería

La acústica de los iglús, de Almudena Sánchez

Sinopsis: «Toqué la sonata más triste de mi vida, de un tirón, girando las páginas de la partitura con desgana, con los dedos manchados de sangre, pensando en una cabeza rota, maltratada por el arte, asesinada por el arte, descuartizada por el arte».

La matemática de la música y la matemática de la vida arrojan el resultado sonoro que registra La acústica de los iglús, primer libro de relatos de Almudena Sánchez.

Una madre a la deriva por carreteras secundarias con sus dos hijos en el asiento de atrás; dos ancianos en un teleférico cumpliendo su último sueño; una esmerada estudiante en paro que acaba trabajando como astronauta; y muchas, muchas adolescentes que se pelean entre ellas, aprenden a tocar instrumentos o se enamoran de nadadores recorren las páginas cordiales y alucinadas de esta antología.

Si acaso es posible la quimera de una adolescencia adulta, de una madurez jovial, los relatos de Almudena Sánchez apostarían todo a esa ensoñación, pues en ellos encontramos la mirada única de una narradora que templa el estilo para poner del revés la trama mágica del mundo.


Qué terrible es mirar al cielo por las noches.


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Llevo siguiendo a Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985) en redes sociales desde hace ya algún tiempo. Conocí La acústica de los iglús gracias a mi compañera y poeta Ana Castro. Y desde entonces, siempre me sentí en la obligación de leer el primer libro de esta joven periodista. Aprovechando el confinamiento (el tema recurrente para justificar mis últimas reseñas, lo sé) me lancé a él. Al viaje que ella quería compartir.

Los libros de relatos (que es lo que es esta obra, o algo así) siempre me han parecido una delicia. Pero una delicia peligrosa. Además de encontrarse depreciados por el mercado literario en sí, las veces que me he topado con estos me he llevado decepciones. Esto es, que escribir historias breves no es un arte sencillo sino, más bien, todo lo contrario. La definición de habilidad y contundencia en un texto más breve, que tiene que colmar del todo a la lectora y funcionar por sí misma.

El engranaje debe tener un clímax y algún que otro motivo. Y cada historia, quizás conectada o quizás no, tiene que tener algún tipo de musicalidad. El ritmo, esta acústica, es lo que ha perseguido Almudena. Y lo ha alcanzado, lo ha reinventado y nos ha contado las cosas de una manera diferente.


Lo peor de la vida sucede en los gerundios.


A los hospitales no vuelve casi nadie, aunque son el futuro de casi todo el mundo.


El género que impera es el surrealismo intimista. Realmente, por momentos no queda muy claro si lo que leemos forma parte del mundo de los sueños o de la realidad. Yo diría que una mezcla de ambas, como cuando queremos escapar y no podemos. O igual que en esas decisiones que tomamos precipitadamente, como si creyésemos que existe una segunda oportunidad.

Sea como fuere, la autora no es muy temerosa de romper con estigmas de estilo y de temática. De investigar, un poco, consigo misma y con las lectoras. No hay un afán de complacer, pero sí que busca una hermosura innata que pasa discretamente. De puntillas. Sin alardear, es como si le saliera sola. De este modo, las páginas bucean en vínculos familiares, en la ausencia de amor, en los problemas cotidianos, en la manera de desintegrarnos. En querer, pero sin saber muy bien qué es ese querer.


Mi equilibrio emocional está intacto. Mis preocupaciones son espacios deshabitados.


La psicología, por supuesto, es lo principal. O las emociones. No sé si la propia autora estará de acuerdo conmigo u otras lectoras que ya lo hayáis leído. Quizás es que yo he querido llevarme las historias a mi terreno, siendo un poco egoísta. Pero siempre lo hago. Es como la pianista que sangra con fluidez antes de empezar a tocar su instrumento. ¿Es una metáfora de la rareza de la amistad?


¿Qué es lo siguiente a la pena? La lástima. Nosotras éramos la lástima errante, deslizándonos por la cubierta del trasatlántico.


A lo mejor es que pretende burlarse un poco de nosotras. No, no, claro que no. No de manera irrespetuosa. Pero hay que ser un poco habilidosa, leer entre líneas. Reconocerse es sencillo, siempre y cuando no tengas miedo a reconocer que ciertos vínculos te han hecho daño, que eres capaz de dejar de querer a quién debes querer o que la relación con tu madre es complicada. Y rara. Como una cebolla.


Algunos tienen una foto de su madre y yo tengo una cebolla, eso es todo lo que quería contar, no tiene más  importancia.


No sé si Almudena Sánchez consiguió llegar a la búsqueda que empezó a emprender en esta antología/obra/compendio/trocitos. La metaliteratura puede ayudar, porque también nos hace partícipes de ese tortuoso proceso creativo al que llamamos escribir, como si fuera tan sencillo. Tampoco lo es leer, pero leer así. En cursiva. Un poquito más allá. Desangrándonos. Desangrándonos. 


Llegados a este punto, ya no sabemos qué hacer a continuación. La ficción no es rentable.


Lanzamiento: septiembre de 2016
Editorial: Caballo de Troya
Valoración: Moka y chocolate
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