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La vida mentirosa de los adultos, de Elena Ferrante

Sinopsis: «Dos años antes de irse de casa, mi padre le dijo a mi madre que yo era muy fea». Así empieza esta novela extraordinaria sobre el descubrimiento de la mentira, el amor y el sexo, narrada por la inolvidable voz de Giovanna, una joven empeñada en conocer a su tía Vittoria, incomprensiblemente borrada de las conversaciones y álbumes de fotografías. Con ello desencadenará sin saberlo el desmoronamiento de su familia intelectual y burguesa, perfecta solo en apariencia.

Maestra absoluta de la intriga, Ferrante siembra la trama de sorpresas y anuda prodigiosamente la misteriosa historia familiar y amorosa en torno a una pulsera que pasa de mano en mano. Nadie como ella para describir la complejidad de las pasiones humanas y todas las intermitencias del pensamiento y el corazón.

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—Físicamente eres bonita —subrayó Ida—, tienes un pelín de fealdad por culpa de las preocupaciones.

—A mí también me ocurre: cuando me preocupo me pongo fea, pero después se me pasa —dijo Angela besándome.

Elena Ferrante ya es una leyenda. Lo es desde que hace veintiocho años publicó su primera obra bajo el más absoluto anonimato. Su éxito sin precedentes creó alrededor de su figura un mito asombroso. Seguimos sin saber quién se esconde realmente detrás de ella y de, entre otras, la historia de Lenù y Lila (Saga Dos Amigas, ya sabéis). Pero después de haber leído unas siete obras suyas, ya me encuentro en disposición de conocer y enzarzarme en los temas recurrentes de su mente. Y una de las cosas que no dejan lugar a dudas es que Ferrante plasma como trascendente lo vivido en la infancia y la adolescencia, y se agarra a las personas que forman parte de la vida de la protagonista entonces, sin que estas muten demasiado. Esta misma fórmula es con la que arranca La vida misteriosa de los adultos.

Se me olvida odiarlo.

Lo único novedoso es que cuando conocemos a Giovanna (la niña protagonista de esta entrega de lo que parece una nueva saga) es que su entorno parece perfecto y feliz. Crece en el seno de unos progenitores modélicos, ambos profesores y cultivados. Ya sabéis que la lectura, el lenguaje y el estudio son pilares fundamentales para definir la felicidad para Ferrante. Todo esto se desbarajusta cuando ella escucha como su padre compara su fealdad con la de una tal tía Vittoria. 

Repitiendo la fórmula de la narradora en primera persona, empieza a desarrollarse un misterio entorno a la figura de Vittoria. Todo quiere apuntar a que nos encontramos ante una atractiva y poderosa Lila, pero no será así. Lo que traerá Vittoria será el reflejo de un carácter peculiar, la idealización del amor y la amistad elevada a rangos diferentes. En lo personal, me ha parecido el personaje más importante de toda la novela. Y, por qué no decirlo, lo más diferente que esta última novela de la autora italiana ha venido a aportar.

Quizás en ese momento en alguna parte de mi cuerpo algo se rompió, quizás debería situar ahí el fin de la infancia. Lo cierto es que me sentí como un contenedor de gránulos que iban cayéndoseme de forma imperceptible a través de una grieta minúscula.

¿Y por qué digo esto? Porque he saboreado la decepción. Era obvio que esperábamos algo poderoso, pero hay que ser sensatas: alcanzar la majestuosidad de su saga predecesora va a ser difícil. Sobre todo porque ha tirado de los hilos que ya le han funcionado y ha encuadrado un nuevo organismo que, sin más, no funciona tan bien.

Entre la similitudes más destacables tenemos, por ejemplo, la exaltación de un objeto. La pulsera, que aparece en la portada de la edición de Lumen de septiembre 2020, será clave y tendrá un valor figurado importante, sobre todo en lo que a la relación de Vittoria y su sobrina se refiere. No puedo evitar recordar las muñecas, los zapatos o el libro del Hada Azul que compartían las dos niñas estupendas. 

Qué pena ser la última en llegar, no tener el lenguaje que ellos tenían, no tener ninguna intimidad verdadera.

El amor vuelve a ser una idealización, también la fealdad del sexo. Tema obsesivo de Elena Ferrante, al que no le otorga ninguna magia. O sí, pero solo en los pensamientos. Muestra mucha sordidez en el tema íntimo y sexual. En cambio, las muestras de cariño entre las mujeres son contradictorias y extrañas, sin llegar a ver clara una ansiada tendencia lésbica. Otro punto que decepciona: Roberto será el Nino de esta saga. Molesta en cierto modo esta idealización de un hombre, al más puro estilo heteronormativo. Espero y anhelo que Elena Ferrante busque cambiar esta dirección en las continuaciones.  

Mi vida debería haber sido feliz; sin embargo, estaba comenzando una época infeliz, si la alegría de sentirme como se habían sentido y se sentían ellos.

Aún así, la nota que le otorgo es alta. No nos engañemos, mujeres mías: es Ferrante. La narrativa es deliciosa. La manera de compaginar un lenguaje rico y culto con los vulgarismos y la sencillez es asombroso, pura magia. Desconcertante. Los diálogos tienen esa fuerza blanca, incontenible. Hay frases que atraviesan con contundencia. Hay páginas que terminas y necesitas volver a leer al instante. Aún con la falta del contenido, y con lo poco novedoso, la calidad literaria es digna de destacar. Quizás por eso, y sólo por eso, nos podemos permitir seguir leyéndola.

—¿Cuánto hace de eso?
—Diecisiete años el próximo 23 de mayo.
—Ha pasado mucho tiempo.
—No ha pasado ni un minuto.


  • Lanzamiento: Septiembre 2020
  • Editorial: Lumen
  • Traducción: Celia Filipetto
  • Páginas: 368
  • Puntuación: Mokka y chocolate

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