Café Librería

Yo, Christiane F. Mi segunda vida

Sinopsis:

En 1978, cuando sólo tenía quince años, Christiane F. saltó a la fama como la primera celebridad toxicómana de Alemania. Se había vuelto adicta a la heroína unos meses antes, tras esnifar su primera raya durante un concierto de David Bowie, y a este primer contacto con los opiáceos le siguieron tristes episodios de dependencia, prostitución, exclusión social y agujas compartidas. Su historia adolescente fue recogida en una biografía editada por la revista Stern, Los niños de la estación del Zoo, y una película dirigida por Uli Edel, Yo, Christiane F. Hijos de la droga (1981), pronto convertida en un hito comercial del nuevo cine alemán. A partir de ese momento, la vida de Christiane F. se ha conocido sólo de manera fragmentaria gracias al seguimiento de la prensa sensacionalista, que ha dado morbosa cuenta de sus recaídas en el caballo.

Yo, Christiane F. Mi segunda vida es la continuación del relato, en el que la propia Christiane explica en primera persona todo lo que le ha acontecido desde el éxito del biopic inspirado en sus primeros años como yonquiestrella: desde codearse con la fama y el underground cultural del agitado Berlín de los años 80 –por estas páginas desfilan el grupo Einstürzende Neubauten al completo, David Bowie, AC/DC y los primeros DJs de la escena techno– a sus años de hippie, y como eje de la confesión su lucha por apartarse, en vano, del camino de la heroína, que le ha conducido inexorablemente a la ruina física y emocional: acosada por los paparazzi, enferma crónica del hígado, desposeída de la custodia de su hijo y todavía esclavizada a un programa de metadona, Christiane F. ofrece aquí un relato cruel, a la vez que humano, sobre el descenso a los infiernos de la heroína.

Consideraciones previas

Behrendt es un cronista judicial de largo recorrido que no solo escribe libros apasionantes sobre vidas poco comunes […].

Sonja Vikovic, Del postfacio de «Yo, Christiane F. Mi segunda vida»

Debe de haber un motivo por el que una persona dedique una parte de su vida a escribir libros apasionantes sobre vidas poco comunes. Y se me ocurren unos cuantos para que otras personas los lean. La razón de que yo haya leído este ha tenido más que ver con cerrar puertas. Como contaba en este artículo sobre lecturas que me han marcado, mi madre me obligó a leer Yo, Christiane F. Hijos de la droga, durante mi adolescencia o preadolescencia. No recuerdo gran cosa de aquellas páginas. Me enamoré de Detlef, el novio de la protagonista, y nada me impresionó demasiado. Yo tenía 14 años y vivía en un pueblecito del norte de España. Desde mi ventana veía un rebaño de ovejas y mi relación con las drogas era nula. Aquello no me tocaba ni de lejos. He de decir, por otra parte, que obligarme a leer un libro tampoco era un castigo, precisamente. Vamos, que no maldigo a mi madre por hacérmelo leer. Al contrario.

Cuando el otro día me acordé de la anécdota, busqué el nombre de Christianne para escribirlo correctamente y me encontré con que existía una segunda autobiografía, esta que reseño hoy. Siempre digo que soy inmune a la nostalgia y creo que es cierto que no me hinco de rodillas ante las púas de Espinete, pero hay recuerdos que me remueven y parece que este libro es uno de ellos. Así que aquí estamos.

Como decía en Twitter el otro día: tras terminar el libro, no sabía cómo enfocar la reseña. Y es que ¿cómo hablas de una vida? Aquí no se trata de pasar un buen rato o de encontrarle el valor literario. No es fácil salir ilesa de estos lances. Porque… ¿Por qué lee una libros apasionantes sobre vidas poco comunes? Intentaré contestar a esa pregunta a continuación.

Resaña de Yo, Christiane F. Mi segunda vida

Fibrosis. A los cincuenta y un años me encuentro en el estadio previo a la cirrosis. Desde 1989 mi hígado está inflamado de forma permanente. Tengo Hepatitis C, genotipo IA, la cepa más agresiva que se puede contrae en Europa. Ni idea de dónde o cuándo la pillé. Sudo sin parar, incluso a diez bajo cero. Y en verano no puedo llevar manga corta por culpa de unos espantosos granitos rojos que me salen en los brazos. Lo llaman angioma estelar.

Así empieza la segunda biografía de Cristiane V. Felscherinow, y no remonta. Por si quedaba alguna duda, la cosa no termina con fiestas y celebraciones, aunque varios de los episodios centrales sí son alegres. Antes de la parte autobiográfica, escrita en colaboración con Sonja Vukovic, hay una especie de prólogo que narra la preadolescencia de la protagonista. Su adicción a los trece años, la redacción del primer libro, la realización de la película y las consecuencias que ello tuvo para Chirstiane. Se pueden resumir en dos palabras, en realidad: siguió viva.

No es que yo sea adivina. Ni que presuma que todos los adictos a la heroína y alcohólicos abandonados por sus familias y sin ayuda, mueren. No tengo ni la menor idea de cómo o cuánto viven, pero estoy segura de que las regalías del libro ayudaron a esta adicta en concreto. Y su propio carácter, por supuesto.

Primera parte: la reina del glam

La primera parte del libro narra la etapa más glamurosa, la que siguió al estreno de la película.



Christiane conoció a mucha gente famosa del mundo de la música, de la radio, del cine. Se divirtió lo suyo y la manera que tiene de contar las cosas no les resta ni un ápice de sordidez. No he encontrado ninguna romantización en el relato de vuelos en avión privado, habitaciones de lujo en hoteles de muchas estrellas y comidas suculentas. Creo que es el tono de desapego del libro el que lo llena de aristas. Porque podría haberse convertido en la versión impresa de una película de sobremesa basada en hechos reales, pero eso no sucede.

Así que a las pocas páginas te encuentras, como lectora, en una posición muy incómoda. La de alguien que espía la vida de otra persona. Una vida poco común, sí. Porque su protagonista no la vivió pendiente de un trabajo de ocho horas, en un pisito coqueto, con un coche en el garaje y dos hijos de ensueño. Ni con la cara menos amable del cuento: un trabajo mal pagado, un piso cutre y dos niños rencorosos con malas notas.

Este apasionante libro sobre una vida poco común te convierte en una mirona. O así me he sentido yo durante gran parte de la lectura. Al menos, y me digo esto a modo de consuelo, creo que no soy la clase de mirona que juzga al objeto de su interés.

Quizá lo mejor del libro sea que te permite tomarte los respiros necesarios para decirte que, tan importante como el papel de Christiane en este libro autobiográfico, fue el papel del entorno. No me refiero a sus padres, que ya se llevaron lo suyo con el primer libro y que en este salen algo mejor parados, sino al tejido económico, político y social que permitía que los niños se prostituyeran en estaciones berlinesas y que miles de jeringuillas alfombrasen un parque de Zurich.

Hablo desde el absoluto privilegio de haber podido localizar desde lejos las zonas conflictivas de las ciudades donde he vivido, desde la posición de alguien a quien nunca han ofrecido droga y que jamás ha tenido que recurrir a la prostitución. También hablo con la sospecha de que existen parques como la Platzspitz que no he visto. Vamos, que no sé por qué hablo.

Platzspitz era la escena de la droga al aire libre más grande que había entonces en Europa. Era como una Disneylandia para yonquis. Zúrich es una ciudad pequeña y la escena de la droga era enorme en esos tiempos. Algunos días había allí casi 3.000 yonquis, vagabundeando, tomando drogas, emborrachándose. Yo a veces me quedaba durante semanas. Era como un mercado; tenían mesas donde ofrecían toda clase de drogas. Pero la gente empezó a morir y a infectarse con VIH y hepatitis C. La zona se convirtió en una acumulación de basura y había una guerra abierta entre bandas de traficantes rivales, así que el gobierno suizo la cerró en los años 90.

Segunda parte: la segunda vida

La segunda parte del libro es más personal y menos impactante en el sentido de que cesa el namedropping y la vida de Christiane se convierte en una vida mucho más común de lo que podríamos creer. Salvo por el hecho de que se va a Grecia, se enamora de un hombre y hace sus cosas de hippie un poco a destiempo (el boom ya había pasado por entonces, pero seguía existiendo el hippy trail, al parecer. Ese que proveyó de víctimas a la Serpiente).

Esta es la parte más interesante del libro, desde mi punto de vista. Y la mención a la Serpiente no es casual.



La serpiente es un biopic de misterio, de varios capítulos, que cuenta la vida de Charles Sobhraj, un asesino en serie que mataba a turistas en el hippy trail.

Tal como dice la Wikipedia, hippy trail era el nombre dado al viaje emprendido por los miembros de la subcultura hippie y otras entre la década de 1950 y la década de 1970 desde Europa, por tierra desde y hacia el sur de Asia, principalmente India y Nepal. El sendero hippie era una forma de turismo alternativo, y uno de los elementos clave era viajar lo más barato posible, sobre todo para extender la longitud de tiempo fuera de casa.

En cada parada importante del sendero hippie, había hoteles, restaurantes y cafés que atendían casi exclusivamente a los occidentales fumadores de marihuana, que hacían conexiones entre sí mientras viajaban al este y al oeste. Los hippies tendían a pasar más tiempo interactuando con la población local que los turistas tradicionales.

El true crime me parece fascinante y en este caso sí sé por qué me apasionan estas vidas poco comunes: no entiendo a los asesinos. No entiendo a la gente que disfruta haciendo daño a otros. Así que los veo, los examino, los analizo y trato de comprenderlos. Hasta ahora, sin éxito. Entiendo la fascinación que provocan porque, además, la narrativa que los rodea suele idealizarlos, romantizarlos y colocarles un halo casi de santidad. Estos hombres (suelen ser hombres) parecen sobrehumanos, es difícil atraparlos, viven de manera libre e independiente, fuera de la ley… Se les trata como a superhéroes. Algo que no sucede en absoluto con Christiane F. Creo que menciono algo al respecto en esta reseña de La chica de al lado, de Jack Ketchum.

El primer libro y la película, tan crudos y aparentemente realistas como se dice que fueron, no dejaban de funcionar como testigo y advertencia. Los padres compraban el libro para educarse sobre la droga y algunos, como mi madre, procuraban que los hijos los leyeran para que supieran lo que les ocurriría si se les pasaba por la cabeza probarla.


Christiane F. nunca fue ejemplo de nada, al contrario que los asesinos de Mindhunter, el Hijo de Sam, Ted Bundy y hasta el Sacamantecas.


Así que cuando en la segunda parte del libro se va a vivir al tronco de un árbol hueco en una isla griega, pasa necesidades, su novio la engaña, nada sale como ella espera, vuelve a Berlín, tiene un hijo, el padre la abandona, cae en las garras de un timador y su vida, casi recién recompuesta, se va al garete una vez más, vuelves a tener la impresión de que estás espiando a tu vecina.

Pero hay que agradecer al libro esa sensación. Porque, debido a ella, cae una (caigo yo) en la cuenta de que no hay nada extraordinario en Christiane F. Que sufrió (mucho), que trató de superarlo con mayor o menor éxito, que cayó y se levantó y que solo lo sabemos porque hubo un primer libro y hubo una película.

Y droga. Mucha. Durante los peores momentos de su vida, que fueron abundantes.

Tercera parte: hoy

El libro está salpicado de declaraciones de su protagonista sobre cómo se debe tratar a los hijos, a los perros y a las personas en general. El mismo tipo de opiniones que tendría cualquier persona, madre o dueña de perros. Y hasta el mismo que suelo oír de boca de personas sin hijos y sin perros. Pero que Christiane hable como una mujer de 50 años, quizá un poco pasada de rosca, a la que a lo mejor le da todo igual porque bastante tiene ella con lo suyo, no importa.

Da igual: para el gran público yo sigo siendo y seré siempre la chavala adicta a la heroína que se prostituía con más adolescentes.

Conclusiones

Lee Yo, Christiane F. Mi segunda vida con buena intención. Aunque solo sea para devolver su estatus de ser humano a este icono que no hizo nada tan terrible, ni tan exclusivo ni tan imperdonable. Personalmente, ya no tengo pósteres en las paredes. Si los tuviera, los habría quitado tras leer la última página. Te recomiendo que te asomes a la primera si eres una persona curiosa. Quizá no lo disfrutes mucho si te molesta que la información se ofrezca de forma un tanto caótica.

Lanzamiento: 2015
Editorial: Alpha Decay
Traducción:Regina López Muñoz
Páginas: 222
Valoración: Café con leche (pero de los muy ricos)
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